Si un Gato es una Gota de Tigre...
A los panas de Bogotá
a todos ellos
y a ellas
que compartieron calles y tintos
Si un gato es una gota de tigre y una niñita respondió con su matemática tan particular llamada poesía que entonces un tigre es un aguacero de gatos, le queda a uno como pensar que "este yo de hoy" es el chubasco arremolinado de gotitas de panas, de palabras y sorbos de amigos, tal vez sin orden ni concierto, afortunadamente caótico quizá, que presupone nacimientos eternos.
El fluir de las conversas, de las sonrisas, de las rabias tal vez, de las alegrías calafateadas con filosofares sabrosos, fecundos de rones y afines o desafines, nos fue convirtiendo, desde tiempos que ya se llaman épocas, en "el que soy hoy", la suma algebraica o geométrica -si hay alguna- de las esquinas de una casa que soportaba la curva de nuestras espaldas para, más cerca del ánima terra, nos fuera menos difícil la juntura con lo horizontal. Desde allí hasta amaneceres anochecidos en orillas con olas y piedras afiladas o paredes ahumadas con cabezas de toros negros que asomaban a olisquear a esos que no los dejaban dormir su sueño eterno, con tanta algarabía.
El somos que vamos siendo y que nunca se acaba, el que justifica nuestra desandada sobre y bajo estas tierras, ese que devenir que nos firma y que tratamos, a diario, de justificar. Somos suma compleja, función del tiempo, con algún coeficiente aleatorio. Una serie de tiempo sin tantos picos pero con piquete multidimensional.
Este siendo que vemos desde un somos inexistente, que a veces se nos aparece en un libro que nos gusta, en una canción que nos hace recordar tal vez el sabor de una empanada en la esquina de cuarta con doce, con su sinestesia tan particularmente oportuna que nos sorprende, que nos hace parar un imperceptible instante, sonreírnos sólo para nosotros (hay quienes, al pasar, lo han notado - lo sé -) y rápidamente amarrar el nudito entre el hilo viejo del olor almacenado y la madejita que creemos tener en nuestras manos.
Así vamos tratando de dar sentido al sinsentido eterno de la vida -incluida la nuestra- y el uso que de eso haremos sólo parece estar reservado para el "momento postrero". Mientras, el viaje emocionante se hace acompañado de los panas, de los libros, de los poemas ajenos que son nuestros y de los nuestros que echamos a correr panas abajo; el viaje al que nos unimos luego de nueve meses en una sala de espera y que al rodar por su pendiente vamos sumando lodos, hojas, pétalos, pelos, aguas, harinas, hojas de libros, miel, sudor, vinos y afines, que se nos fue convirtiendo en piel y huesos, que nos hizo ser más grandes de cuerpo para ver si iba cabiendo lo que fuimos atisbando en cada esquina, en el anverso de cada hoja, bajo las patas de una silla, en la solapan de un traje o en notas al margen de Platón.
Mas, mientras nos fuimos haciendo aguacero, empezamos a dar en vez de andar sólo necesitados de recibir. No por nada la cabeza de los yo-niños es más grande -proporción cabeza/cuerpo- que la de un yo-más-viejo: este que ya somos no aprenderá más nada nuevo, sólo relacionará. Lo aparentemente nuevo es eso, apariencia de nuevo. Nihil novum sub sole. Sólo relaciones con lo que nos cargamos de enanos. Ilusiones. O vanidad, sentenció Salomón.
Y somos lago de gotas de panas, con remolinos a veces, pero ya más mansos pero más misteriosos. Somos laguna de átomos de gente que nos fue armando, que nos fueron donando sus letras, sus palabras, besos, olores y sabores. O somos ríos, pero no saltarines, sólo ríos mayestáticos, que corren en susurros o, da lo mismo, que ven sus orillas correr mientras ellos, ríos que ríen, se dan su bomba y se detienen.
Somos la chorrera, pues, que todos hemos hecho de nosotros mismos, pero no desde la individualidad egoísta del miedo que nos siembran con pretensiones de inmortalidad; no, somos aguaceros de panas, de amores, de todo tipo de amores y amares y amarres, de los que solamente podemos dar cuenta si nos asumimos como un "soy porque ustedes son".
Tengo sed de todos y todas los que me han dado agua en el camino.
Sé que andan por allí.
Sigamos armando el tigre, gota a gota.

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